Para médicos y amantes.


Se levantó como si fuera un día más, y lo cierto es que para él era un día más, salvo porque era el día de su jubilación. Cuarenta y nueve años trabajando en el tiovivo de Colón, lo llamaban así porque estaba en medio del parque de la plaza de Colón, ante la plaza no se llamaba así pero al tiovivo lo llamaban simplemente “el tiovivo”. Juan era el dueño, encargado, animador y técnico del tiovivo, antes lo fue su padre y antes su abuelo, pero Juan no había encontrado tiempo para buscar mujer, y mucho menos para tener hijos. Así que el tiovivo había sido donado a la ciudad, no era una idea que le gustase, pero era la única posible.
Después de vestirse se dirigió al bar de Julián donde siempre desayunaba tostadas y café con leche bien caliente, daba igual el tiempo que hiciera. En el bar lo estaban esperando con un regalo. Una pequeña cafetera eléctrica. Juan, sonriente y muy agradecido, le dio un abrazo al dueño del bar: “no creas que vas a librarte de hacerme las tostadas” y le sirvió su café y sus tostadas mientras hablaban de fútbol.

Llegó puntual a su lugar de trabajo, abrió los candados que impedían abrir las lonas que cubrían el tiovivo y comenzó a barrer. Después de pasar el plumero y limpiar los cristales conectó la luz y el tiovivo empezó a girar, los caballitos subían y bajaban al son de campanillas invisibles y las luces de colores que parpadeaban ayudaban a crear un mundo mágico para cualquier niño, y para cualquier adulto que alguna vez hubiese sido niño.

Dos mamás con sus hijos fueron los primeros clientes. El tiovivo se detuvo para que los niños pudieran subir y… tiroririrori… comenzó a girar. Después de todas las vueltas del mundo los niños bajaron emocionados, por suerte o por desgracia ninguno se había mareado, por suerte porque él no quería nada malo para ninguno de esos niños, pero era raro, antes cada día solía limpiar el vómito de dos o tres niños que se mareaban, desde hacía unos diez años, sin embargo, no se había mareado absolutamente ningún niño. El no tenía estudios, ni era médico, pero tenía sus propias teorías. Juan pensaba que esto se debía a la Cocacola, que llevaba un condimento secreto que afectaba al equilibrio de los niños.

El último viaje de la mañana fue más corto de lo habitual, el tiovivo siempre se cerraba a las dos de la tarde y, aunque hoy fuera su último día no iba a dejar de cumplir con sus principios. Así que los niños se bajaron después de una docena de vueltas contadas. Cerró y se fue a casa a comer, se preparó una sopa y estrenó su cafetera eléctrica, eso sí, con descafeinado como de costumbre, después no perdonó la siesta de media hora y otra vez al trabajo. Volvió a barrer, pues estaban en otoño y las hojas inundaban el tiovivo. Cuando los colegios terminaron sus clases empezaron a llegar los niños y mientras manejaba el tiovivo pensaba en todo lo que haría a partir del día siguiente; dedicaría una semana a terminar las pequeñas chapuzas que tenía pendientes por casa, un grifo que goteaba, una puerta descolgada... Después se iría de viaje durante dos semanas y... sonaba el fín del viaje del tiovivo y tenía que salir a atender a los nuevos clientes.

Una hora antes del cierre se presentó un hombre trajeado, venía en nombre de la consejería de cultura. Se excusó diciendo que faltaban algunos detalles por ultimary además recogería las llaves para que el no se tuviera que molestar. El hombre se quedó con Juan, era simpático, le explicó que desde pequeñito le habían fascinado estas máquinas y a Juan siempre le encantaba dar explicaciones y alardear de su dominio de la mecánica. Cundo se hizo la hora del cierre cesó la música y se apagaron las bombillas de colores. El joven le ayudó a cerrar las lonas y en cuanto hubo recogido todas las llaves le preguntó: “Que va ha hacer ahora que se jubila?” “Vivir” y sorprendido por la respuesta inquirió “No va a sentir nostalgia?” “ Nostalgia? Por que?”.

Juan se dirigió a casa saludando a los que día tras día se encontraba en su camino de vuelta a casa. Llegado al patio de su finca sintió un gran malestar y comenzó a vomitar, toró la comida y el desayuno. Agustina, que era la portera de la finca, salió corriendo a auxiliarlo “Que le pasa señor Juan?” “Me he mareado, ya he bajado del tiovivo”

2 comentarios:

Mónica dijo...

Antes de que todas sus amantes se lancen a agradecer su vuelta a los escenarios virtuales lo haré yo, en nombre de mi recién estrenado colectivo profesional, en nombre de cierta empresa de refrescos a la que, si no llevo mal la cuenta, ya ha nombrado en 3 ocasiones en las últimas historias, en nombre de su musa con síndrome postvacacional, en nombre de su mecanógrafa, en nombre de Eduardo Noriega y la ropa interior de algodón... y en nombre de cierto "moderno cantautor" y su padre, uno de cuyos versos ha sido robado recientemente, alguién sabe dónde estará?

(...)Yo te llevé a tu casa. Nos rozamos las caras.
Sabiendo cada uno que ya nada
volvería a justificar una llamada de teléfono.
Que el corazón
por fin había perdido
interés para médicos y amantes.


No sé... en fin... no olviden permanecer atentos a sus pantallas este 13 de Agosto ;)

Salva dijo...

¡Hola! He llegado a tu blog desde el foro de Ismael Serrano (al que creo que acabas de llegar). Me ha hecho gracia ver que tu última entrada es "Para médicos y amantes", justo el título que había elegido yo para lo de los relatos. De tu relato me ha gustado especialmente la teoría sobre los vómitos y la Coca Cola del viejo, y tu frase de cierre. Como veo que en el foro has escogido ya otra canción, haré yo también el mío sobre "médicos y amantes", y ya te lo pasaré para que lo leas.
Me he dado una vuelta rápida por tu blog y me ha resultado muy agradable, te seguiré leyendo.

Un saludo,

Salva.

 
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