Cortos que abren puertas.

Abrí la puerta con exquisita delicadeza. Un leve escalofrío se apoderó de mi espalda, la sensación de encontrarme solo en la clase era fascinante. Di dos pasos y subí el escalón que separaba los pupitres de la pizarra, la vista era inigualable, por primera vez disfrutaba de ella sin la presión de una pregunta. Me giré y vi la pizarra verde inmaculada, seguro que era este el verde al que quería el poeta. Acerqué mi nariz a la pizarra y me dejé embriagar por el perfume del verde recién limpio y ese olor se me subió a la cabeza. Flotaba por la clase como un sommelier que ha caído en la tentación, tuve que apoyarme en un pupitre para no caerme al suelo. Entonces recordé a lo que había ido, otro escalofrío, me dirigí a la mesa de la profesora y con sumo cuidado lo cogí entre mis manos. Dejé que el placer de poseerlo invadiera todo mi cuerpo. Tenía sobre la palma de mi mano la llave del bien y del mal, del sobresaliente y el suspenso. Lo volví a dejar donde estaba, quieto, esperando que aquella tarde su dueña hiciera de él música entre los exámenes.

3 comentarios:

Mónica dijo...

Para "verde recién limpio" el olor de la hierba mojada los domingos por la mañana, con los sentidos aún adormecidos después de horas y horas y horas y horas de trabajo... con tres horas de sueño todo se ve infinitamente mejor... o infinitamente peor... pero este relato sigo sin verlo, no entiendo nada y ni siquiera puedo inventármelo, que es lo más grave, alguna pista? :/

ILSA dijo...

La llave sólo es llave cuando tiene delante de sí una puerta. Lo que parece claro es que esa puerta decide el futuro, al menos mostrará el camino que deberá seguir. Pero la llave tiene una forma, y lo más grave es que no sé distinguirla entre esta niebla de gigantes.

Anónimo dijo...

Lo he leido varias veces... parece ser pero no es... me he perdido... creia tener la clave.. de la llave... almu

 
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